| Los Fundamentos de la Santería |
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La Regla de Osha, como cualquier otra creencia animista, acepta como verdadera la existencia de espíritus capaces de influir en todo lo que nos sucede, según sus creyentes, de todo emana un espíritu. Del acto de rezar, de bailar, de llorar, de reír, y hasta de nacer o de morir algún espíritu es responsable, y nosotros podemos acudir a él e influenciarlo para conseguir que esos actos nos sean propicios.
La relación del Santero con el Orisha, considerado en un principio como semi-dios, fue ganando distancia con el paso del tiempo, convirtiéndose en una deidad plena, aunque, no por ello deja de ser asequible al hombre, hasta el punto de convivir con él en el momento de la posesión.
Cuando un Santero es poseído por el Orisha, se considera que es el propio Orisha quien habla a través de él, convirtiéndole en ese momento en alguien privilegiado por dar cobijo a una “gran potencia”, además, en ese instante, tiene el poder para influir determinantemente en el entorno de devotos que le rodean. Cuando habla para dar un consejo o hacer una reprimenda a alguno de los presentes, todos dan por sentado que es el Orisha quien actúa, y por tanto no cabe el menor recurso de replica. Es bajo esta condición por lo que el Santero pasa de ser uno más, a ser alguien imprescindible.
No todo el mundo puede atraer para sí la potencia de un Orisha protector, y no siempre se puede tener este encuentro cercano con la deidad.
Los Orishas habitan en las piedras y en ellas radica su fuerza mágica. Esa piedra de fundamento, que a los ojos de los neófitos puede parecer vulgar y tosca, es en realidad una fuente inagotable de poder para el iniciado, quien cree que de ella emana la vibración del propio Orisha, como una prolongación de su identidad mágica.
Existen grandes diferencias en la forma de entender este particular uso de las piedras entre la Regla de Osha en Cuba y la tradición de Nigeria.
En Cuba el número de piedras que se destina al culto de un Orisha dentro de un recipiente (una sopera), guarda relación con el número que le pertenece, es decir, con el número emparentado con este Orisha, al parecer, esto se debe a que cada Orisha tiene participación directa en un numero determinado de oddúns del oráculo, y el criollo, al incorporar nuevos criterios a la forma del culto, decidió incluir estos números dentro de los atributos mágicos relativos a los Orishas.
Aplicando los universales principios mágicos de semejanza, es decir, que lo semejante produce efectos semejantes y que todo lo que es semejante o parecido tiene influencia recíproca, el criollo dedujo que al utilizar tantas piedras como números de oddúns corresponden a un determinado Orisha, conseguiría aumentar la fuerza mágica del receptáculo donde habita la deidad. Sin embargo, para muchos viejos Santeros esto es “cosa de ahora”, ya que antes, tanto en Cuba como en Nigeria el Santo sólo llevaba una piedra. Estas opiniones parecen ser ciertas, ya que en Nigeria no se conoce este tipo de prácticas y a cada Orisha se le asigna una única piedra.
Asimismo, en África, el número de herramientas del Orisha varía con relación a los años que tenga el Orisha de adoptado, mientras que en Cuba la cantidad de herramientas utilizadas también depende del numero de oddúns de cada deidad.
También, se notan diferencias significativas en el igbodun, casa o templo dedicado en exclusiva al culto de los Orishas, en Cuba, cada persona que recibe un Orisha, comienza a formar un particular templo en su casa. En África, por el contrario, se considera que solo existe un Orisha, todo lo demás se considera como una mera prolongación del mismo, los templos de Nigeria, que están bien identificados, son inamovibles, y siempre están salvaguardados por sacerdotes descendientes de la misma familia, cuya única misión es velar por la protección y cuidado del Orisha.
Según la tradición, Oloddumare envía a los espíritus de nuestros antepasados en forma de piedra. Estas piedras, impregnadas de la fuerza vital de los Eggún, son recogidas en el medio natural donde radica la fuerza mágica del Orisha (en ríos, lagunas, caminos, etc.), para, después, atraer su energía mediante el rito de nacimiento, ceremonia de la que hablaremos mas adelante, por ser especialmente compleja.
Otro aspecto interesante del culto a los Orishas en Nigeria es la dependencia del devoto a un determinado patrón, dado por la región de nacimiento de sus padres, en especial la de su madre. Aunque un nigeriano viva en la ciudad, conserva un importante arraigo con su pueblo natal, y sabe que su tradición estará siempre determinada por este lugar. Esta razón es la que provoca, frecuentemente en algunos países africanos, que ciertas etnias, al llegar al poder político, intenten anular a otras por el mero hecho de ser descendientes de un clan enemigo del de sus antepasados.
Un fenómeno similar también se mostró entre los esclavos. La mezcla de diferentes etnias hacía, a veces, irreconciliables a los esclavos, y daba lugar a luchas constantes. El colono se percató bien pronto de ello, por lo que, se promulgaron leyes que favorecían la reunificación familiar entre individuos de la misma etnia.
En África, la familia es el eje central de la comunidad, y el Orisha protector de una determinada casta se extiende a todos sus descendientes en exclusiva, pero, esta condición cambió radicalmente en el nuevo continente.
En Cuba, a través del sistema de oráculo de Ifá, una persona conoce cual es su Orisha protector, y, desde ese momento, puede recibirlo, acogerlo como suyo, sin tener en cuenta, ni remotamente, si el individuo es descendiente, o no, de dicho Orisha.
Junto con las piedras, la prolongación del Orisha se conforma con sus herramientas y sus caracoles. Las herramientas son representaciones simbólicas de las cualidades del Orisha o de la fuerza de la naturaleza donde radica la energía del Orisha.
Los caracoles (cauríes) llamados Diloggún, eran utilizados como monedas desde la antigüedad, y su posesión es símbolo de riqueza en la magia africana. En el credo yoruba se denominan la boca del Orisha, y se emplean en la adivinación y en la fabricación de determinadas deidades del panteón yoruba.
A cada Orisha le corresponden dieciséis caracoles, lo que se denomina mano. Hay un caracol por cada uno de los oddún del oráculo, y se emplean para comunicarse con los Orishas mediante métodos bastante complejos y que requieren capítulo aparte en este libro.
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